Y ahí estaba ella, riéndose de sus propias caídas. No era extraño que lo hiciera, de hecho, ya era un hábito que había empezado a amar, porque ¿no era mejor reírse de sí mismo a que los demás lo hagan? pero su risa no era autentica, si veías más de cerca, en su mirada no había más que un enorme y alargado mar de tristeza, en sus manos temblorosas solo habían ganas de golpear la pared y quitarse todas las frustraciones de encima. Pero eso era imposible.
Estaba hundida hasta la cabeza en sus preocupaciones, no sabía nadar fuera de ellas, y ese fue uno de los grandes errores que nunca consiguió corregir. Pero, a ciencia cierta, ¿quién soy yo para juzgar? no soy más que alguien observando, no soy Dios, y si tal personaje existiese, no le daría importancia a las frustraciones de una chica como ella.
Y eso habría sido un gran error.
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