Esos que nos observaban en silencio cuando de rozarnos los labios se trataba; aquellos que hablaban sonando sus ramas contra la brisa, nuestros grandes amigos acompañando a nuestras mentes a unirse. Si tan sólo ellos hubiesen sido los únicos que presenciasen nuestras manos tocarse, sin ojos que hablan ni palmas que dañan. Porque sus hojas nos envolvían y la seguridad invadía, porque tus manos en mi espalda a oscuras me llevaban a ti, y es que, cariño, ¿cómo no ir cuando tienes tanto que dar? ¿Será que me tocas y me quitas este mal? Ven, que las horas pasan lento y los árboles lloran tu partida, con sus copas cayendo en un falso otoño.
Ay, el viento se ha ido;
enmudeció a mis amigos arbóreos,
entorpeció el camino
y los tallos quedaron muy cortos.
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